Siete y cinco de la mañana. Elisabeth MCgregor se levanto al
fin. Había dormido apenas cuatro horas de lo nerviosa que estaba. ¡Iba a pasar
todo el verano en el pueblo de su mejor amiga
Alice Horan!
Se levanto perezosa, y con caminar lento y pausado, fue al
lavabo y se coloco enfrente del espejo apoyando las manos en el lavabo. Se miro
en el espejo y su pelo rubio liso que le llegaba hasta el pecho se le había
alborotado y sus ojos azules apenas mostraban algo. Su piel parecía más pálida
por las mañanas, cosa que Elisabeth detestaba.
Se lavo la cara y se ducho, se peino el pelo como pudo para
deshacer los enredones y dejo que se secara al aire. Se maquillo poco, un poco
de base, colorete rosita y un poco de rímel. Luego se dirigió a su cuarto con
la toalla alrededor y se sentó en la cama. El sol asomaba tímidamente por la
ventana. Su cama se situaba justo en
frente de la ventana, y el escritorio al lado le la ventana. Nota mental: coger
el ordenador que esta encima del escritorio. El
armario estaba en frente de la puerta. Era de madera de pino, se lo
tallaron cuando tenía diez años. Un regalo de su abuela. Era precioso. A la
derecha de la habitación estaba su espejo de cuerpo entero en el que Beth
pasaba horas mirándose. Adoraba ponerse la música a tope y hacer ver que era
una cantante. Adoraba cantar. Pero le daba vergüenza hacerlo en público.
Cogió la ropa que se había preparado, algo sencillo para
estar cómoda en el viaje.

Una vez lista y preparada, comprobó que lo había metido todo
en la maleta y se hecho un último vistazo en el espejo que tenia y bajo a la
cocina para desayunar con su familia.
En la cocina estaba su madre preparando tortitas, su hermano
Max, de apariencia inocente, pero en el fondo más travieso que una panda de gamberros
descontrolados. Su madre siempre tenía la manía de peinarle su pelo marrón
oscuro con gomina y con camisas metidas por dentro y pantalones de pana.
Parecía un friki de instituto. Luego estaba su padre Robert leyendo el
periódico. La relación de Elisabeth y su padre no habían tenido mucha relación
desde siempre. Eran todo lo contario,
tanto en físico como en personalidad.
-Hola mama – dijo Elisabeth mientras besaba la mejilla de su
madre.
-buenos días cielo- le respondió cariñosa, pero sin apartar
la mirada de las tortitas.
Su madre siempre había sido lo más dulce que podía, y además, era igual en apariencia que Beth.
Sentía compasión de cualquier cosa y por cualquier persona.
Elisabeth se sentó en la mesa y dijo buenos días a Max y a
su padre. Max pasó de contestarle y su padre le rozo la mano.
Jane sirvió las tortitas uno por uno, y un poco de leche
para calmar la sed.
En el desayuno se hablo del viaje, de cuanto tardarían, de
que planes había, etc. Pero Beth no paraba de repasar mentalmente toda la ropa
que había metido, por si se olvidaba de algo. Repaso de nota mental: coger el
ordenador que está en el escritorio.
Una vez acabado el desayuno, Beth ayudo a su madre a recoger
la cocina.
-mamá, he pensado que quizá podríamos haberle dicho a la
abuela Kate que se viniera- Dijo mientras quitaba el mantel de la mesa.
-no cariño, tu abuela Kate no aguantaría todo el verano en
whitetown- le contesto su madre mientras terminaba de fregar los platos-
además, tendríamos que pasar por Oxford y se nos desvía del camino.
Metió Elisabeth el mantel
cajón de al lado de la lavadora y se acerco a su madre y le dijo:
-ya, entiendo. Te todas formas gracias por este verano- le
beso la mejilla y se fue de la cocina.
Su madre sonrió y la miro como subía las escaleras. Su
niñita que ya tenía 18 años, estaba feliz de verla tan feliz por ese verano.
Pero lo que Jane no sabía era que sería la última vez que vería a Beth subir
aquellas escaleras.
Elisabeth subió a su cuarto y cogió rápidamente el teléfono
y le mando un mensaje a Alice ‘¡qué
bien! ¡Todo el verano juntas! Ya salimos de casa. Te quiero xx’ metió su móvil
en el bolsillo derecho de su pantalón, cogió el ordenador y bajo su maleta
hasta el hall donde le esperaban todos: su hermano, su padre y su madre.
-¿todo listo?- pregunto Robert abriendo la puerta.
-sí, papá- dijo Beth mientras le giñaba el ojo a su madre.
-bien, pues vámonos- contesto jane mientras cerraba la
puerta y echaba un último vistazo a la casa para saber que todo lo dejaba en
orden.
Se montaron en el coche de Robert, un BMW 350, y se
encaminaron a las afueras de Londres, para que dos horas después comenzaran sus
vacaciones en Whitetown.
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